¿Qué podemos aprender de la industria farmacéutica?

Isaac Grauer

En cierta medida, la farmacología continua teniendo más parecido con la alquimia medieval que con las ciencias modernas que aspiran a hallar esquemas de inmutabilidad y predecibilidad en el entorno y la materia.

Es incluso curioso el nombre que recibe en inglés la disciplina misma dedicada el desarrollo de nuevos fármacos: drug discovery. EL término tiene una connotación que sugiere al lector una especie de palo de ciego que se enarbola hacia delante esperando dar con un hallazgo casual, que en gran medida depende de la azarosidad. Así es, aunque parezca raro en pleno S. XXI. El desarrollo de fármacos no discurre exclusivamente por un proceso inductivo en el que se piensan de antemano las utilidades potenciales de una molécula, sino más bien fruto de un gran componente de prueba ensayo-error experimental. Así es ccomo ocurren también fenómenos de «off the label prescription»: a un principio activo conocido ya para una dolencia concreta (p.ej. ácido acetilsalicílico para migrañas) acaban descubriéndosele por azar o equivocación utilidades secundarias para otras dolencias que nada tienen que ver con la finalidad original con que se diseñó la molécula. Es el caso por ej. de la célebre Viagra, cuyo empleo para disfunción masculina se halló por azar al desrrollar fármacos con finalidad de terapia vascular cerebral.

La otra cara de la moneda es que para una molécula lanzada ya al mercado tras el periodo de ensayos clínicos, pueden sobrevenir en cualquier momento nuevos efectos adversos insospechados, de los que jamás hasta ahora se tuvo noticia. De ahí que en todas las economías modernas el legislador impone deberes de farmacovigilancia activa: las farmacéuticas deben por expreso mandato legal mantener a disposición de los ciudadanos un canal de alerta temprana de nuevos efectos secundarios, para así actualizar los prospectos, salvaguardar la salud pública y minimizar los millonarios costes que tienen las campañas de recogida de lotos defectuosos.

Cualquier otra industria puede empezar a tomar nota de la implementar canales atención a consulta ciudadana, quejas y peticiones de mejora del servicio. No es la salud pública lo que está en juego en este caso, sino la salud económica de la organización

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